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Tempo di Prugne Rosso Scuro

El calor de una tarde serena de febrero se enfatiza con el aroma del ayer que se percibe casi igual durante la misma época todos los años. Ritos que signaron nuestras vidas en familia, acciones que los perfeccionan, emociones que transportan. Cierta humedad en la cocina, la cacerola que brillaba en el punto donde tocaba el sol que se infiltraba desde la ventana con las celosías medio entornadas, un suave sonido de cocción en rojo oscuro, bordeaux. Amadas ciruelas de la pulpa suculenta en un tripudio de futuro dulce.


Dulce ácido a la antigua, aroma intenso, consistente al tacto. Nosotros crecimos con estos gustos del sabor de casa, de las ciruelas recién recogidas de la planta que estaba en el jardín, consumíamos sin mesura pero una selección de esa recolección estaba destinada a la elaboración del dulce. Cuchara de madera de olivo, delantal bordado y con trencillas, frascos transparentes impecables, disposición de ánimo y paciencia certosina a fuego mínimo durante horas y horas. Estábamos atentos al cambio de color, de sabor y de perfume hasta lograr el “punto” justo de cocción haciendo la prueba infalible en un vaso con agua. Quedaron impresas en nuestra humana memoria estas imágenes sin fotografiar, por esos años ni se nos hubiera ocurrido hacer fotos de algo tan común para nosotros. Las hileras de frascos con sus respectivas etiquetas sobre la mesada de mármol daban cuenta del logro del trabajo realizado con un cierto orgullo disimulado porque la modestia era suprema virtud. Aunque en verdad se superaba la modestia a la vista del estante de la alacena de la despensa destinada a los dulces caseros. Provisión para todo el año con el fin de honrar desayunos, meriendas y pastafrolla, también para compartir y regalar a determinados allegados. Los abuelos y los tíos italianos partieron al más allá, dejándonos entre otros tesoros, el ciruelo en el jardín.

Cada año nos regaló sus frutos, hermosas ciruelas que envueltas con cuidado viajaron conmigo hasta la ciudad de mar donde resido. Con ellas he preparado el dulce de ciruelas que ha engalanado mis pastafrolla, y ha sido apreciado por la familia y por los amigos. Varias temporadas, en la casa antigua, queriendo experimentar como antaño, elaboré el dulce de ciruelas que envasé, etiqueté y dispuse en la alacena. Un día de vacaciones de marzo lo degustó mi madre en su desayuno e hice la foto que acompaña este texto. Mirándola, me invade una particular emoción de plenitud que aúna todos los tiempos en el presente. El viento del temporal de febrero quebró al ciruelo mayor que aún así me esperó con sus frutos. Hoy aromatizan mi casa, a fuego lento dentro de la cacerola a la que remuevo en ondas de a ratos irregulares, con la cuchara de madera de olivo que compré en Genova.

CARINA VULCANO

C.V. MdP, 23-II-2019.

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